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El Sinodal de Aguilafuente y  la imprenta en España

La invención de la imprenta de tipos móviles por Johannes Gutenberg hacia 1450 supuso un antes y un después en la historia del conocimiento. Por primera vez, los libros podían reproducirse en serie, lo que permitió una difusión más amplia, rápida y económica de ideas, saberes y doctrinas. En este contexto revolucionario, España no tardó en sumarse a la transformación. La ciudad de Segovia fue pionera en la introducción de la imprenta en el país y allí se imprimió, en 1472, el primer libro español del que se tiene constancia: el Sinodal de Aguilafuente.

El proceso que llevó a la impresión del Sinodal de Aguilafuente estuvo profundamente ligado a la figura del obispo de Segovia, Juan Arias Dávila. Humanista y reformador, Arias Dávila impulsó la creación del Estudio General de Segovia en 1466, con el objetivo de formar adecuadamente al clero. Años más tarde, entendiendo la utilidad de la imprenta como herramienta educativa y eclesiástica, invitó al impresor alemán Juan Párix de Heidelberg, que había trabajado en Roma, a instalarse en la ciudad. En 1472, Párix se estableció en Segovia, donde imprimió al menos ocho libros entre 1472 y 1475, todos de temática religiosa o jurídica. El primero de ellos fue el Sinodal de Aguilafuente, cuya publicación marcó el inicio de la imprenta en España.

El Sinodal de Aguilafuente no es, pues, una obra literaria, sino un documento eclesiástico que recoge las actas del sínodo celebrado en la localidad segoviana de Aguilafuente en 1472.

Este sínodo, reunión de autoridades eclesiásticas convocadas para establecer normas sobre doctrina, disciplina o administración, tenía como objetivo reformar las costumbres del clero y del laicado, mejorar la moral y fortalecer la organización de la diócesis.

El libro consta de 48 hojas impresas y 14 en blanco, posiblemente para añadir disposiciones futuras. Fue impreso en papel de lino utilizando tipos móviles metálicos y tinta a base de aceite, siguiendo el método desarrollado en Alemania. Aunque técnicamente innovador, su diseño, en cambio, conservaba elementos del manuscrito medieval, como el uso de letra gótica y la inclusión de letras capitales decoradas a mano. Imprimir las actas del sínodo no sólo facilitó su conservación y consulta, sino que también fue un acto simbólico: el uso de la nueva tecnología para consolidar la autoridad eclesiástica y garantizar la uniformidad de sus disposiciones.

El Sinodal de Aguilafuente forma parte de lo que se conoce como incunables: libros impresos entre 1450 y 1500, los primeros cincuenta años de la imprenta. El término proviene del latín incunabula, que significa “en la cuna”, aludiendo al nacimiento de esta nueva era editorial. Los incunables se diferenciaban de los manuscritos por su método de producción mecánica, lo que permitía reproducir muchas copias idénticas, con tipografía estandarizada y mayor uniformidad en el formato.

Durante ese período, en España se imprimieron principalmente textos religiosos, jurídicos y educativos. Ejemplos destacados son el Modus confitendi de Andrés de Escobar o el De confessione de Pedro Martínez de Osma.

Esta predominancia se explica porque la Iglesia era la principal promotora del conocimiento y la encargada de la formación del clero. No obstante, también comenzaron a difundirse obras científicas y filosóficas, lo que permitió que el saber llegara a sectores más amplios de la sociedad.

Además, los incunables jugaron un papel importante en la normalización del idioma. Aunque muchos textos se imprimieron en latín, también se editaron obras en castellano, catalán y gallego, lo que favoreció el desarrollo de estas lenguas en contextos educativos y culturales. La imprenta, por tanto, no sólo revolucionó la educación y la religión, sino también la lengua escrita. La expansión de la imprenta también generó un nuevo entorno económico y laboral, apareciendo oficios como el de tipógrafo, encuadernador, iluminador, corrector, editor y librero, dinamizando la economía local y creando un nuevo ecosistema cultural alrededor del libro.

A día de hoy, sólo se conserva un ejemplar conocido del Sinodal de Aguilafuente, custodiado en la Catedral de Segovia. La escasez de ejemplares se debe, en parte, a que la tirada original fue probablemente muy limitada y a que el paso del tiempo, los conflictos y las condiciones ambientales han hecho desaparecer muchas de estas primeras obras impresas.

Para proteger esta joya bibliográfica, se han implementado estrictas medidas de conservación: control de temperatura y humedad, exposición reducida a la luz y manipulación especializada. Además, ha sido digitalizado con técnicas modernas, lo que permite su estudio sin poner en riesgo el original. La preservación de libros como este no sólo tiene valor histórico o académico, sino también simbólico. Son, pues, testimonios únicos de una época en la que el conocimiento comenzó a multiplicarse, marcando el paso de una sociedad dominada por la oralidad y el manuscrito, a una en la que el saber impreso se convirtió en motor de cambio.

La impresión del Sinodal de Aguilafuente en 1472 no fue sólo un hito técnico, sino sobre todo cultural. Representó el inicio de la imprenta en España y el uso de una nueva tecnología al servicio de la Iglesia, la educación y el control social. Gracias al impulso de figuras como Juan Arias Dávila y a la habilidad de impresores como Juan Párix, Segovia se convirtió en la cuna del libro impreso en nuestro país.

Este incunable, lejos de ser una simple curiosidad histórica, simboliza una revolución silenciosa: la del conocimiento impreso. Su legado perdura hasta hoy, recordándonos, así, que la historia del progreso se escribe desde la primera página.

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Proyecto realizado por alumnos de 2º de ESO del Colegio San Ramón y San Antonio.
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